La Alameda no aguantó la crisis: tras 31 años, cierra un bar emblema de Córdoba

Fue un reducto de estudiantes, guitarreadas y encuentros hasta la madrugada. Ya no alcanzan a juntar ni los costos fijos y se les acumulan las deudas.

No le dan los números. Esa es, en una frase simple, la razón por la que este fin de semana cierra uno de los bares más emblemáticos de Córdoba.

La Alameda había pasado muchas crisis, pero ninguna como esta, arrastrada por otras que ya llevaban algún tiempo.

Se acabaron las noches de guitarreada, las veladas de estudiantes que bajaban de la Obispo Trejo para madrugar en la vereda o las parejas que dejaban la prueba de su amor plasmada en una servilleta que decoraba la pared del lugar por más tiempo, seguramente, que el que duraba ese amor.

Muchos factores se conjugaron para este cierre que se adivina irremontable.

Y son, cuando se los agrupa en un relato, la historia fallida de esta ciudad, de este país.Difícil saber cuál vino primero. Puede que sea la Afip, que hace dos años cambió la categoría del establecimiento y le generó una deuda retroactiva de la que no pueden zafar. O la Municipalidad, que demoró meses en aprobar el trámite que le permitía a La Alameda sacar las mesas afuera, logrando que ese verano muy poca gente se animara a meterse adentro con 36 grados de temperatura. O la obra de la peatonal, de varios meses, durante los cuales esa cuadra estuvo casi cortada, con mínimo espacio en las veredas y con la excavación que provocó una ebullición de roedores a los que había que alejar de la puerta a escobazos. Algo tuvo que ver, también, la rigidez de la congregación de monjas dueña del local, que se negó a bajar un peso de los 40 mil que cuesta el alquiler. A todo eso se agregaron boletas de gas de ocho mil pesos; las de la luz, de seis mil a diez mil pesos; y toda una lista de costos fijos que sumaban 90 mil pesos que había que juntar sólo para funcionar. Y, claro, la situación de los viejos clientes, que es la misma de La Alameda pero en otra escala. Los que antes comían allí tres veces por semana, hoy con suerte van una.

Consecuencia: los dueños del bar están llenos de deudas que no pueden pagar. Cierran antes de que los clausuren.

La peatonal en esa cuadra ahora está reluciente, pero de negocios que van cerrando.

Si esas mesas hablaran

Ariel era un chico de la calle que entraba todos los días a La Alameda para usar el baño. Edith lo dejaba, y también le daba algo de comer. Ya que estaba, le lavaba la cabeza para sacarle los piojos. Un día ella le pidió que la ayudara a lavar los platos. Otro, a hacerle el repulgue a las empanadas. Y después a preparar el relleno. Ariel tiene hoy 41 años, 27 de ellos como cocinero de La Alameda.

O la historia de Dani, el mozo, que empezó a trabajar hace 15 años porque debía mucha plata de lo que comía. “Pagalo trabajando”, le dijo Tatú, uno de los dueños. Dani será ahora uno de los que baje la persiana definitivamente.

La Alameda no es un bar de los tantos en donde nadie se conoce. Pasan cosas. Un cordobés que vive en Estados Unidos apareció la semana pasada. Contó que estaba en litigio con su esposa para poder ver a su hijo, con quien no se encontraba hacía un año. El joven le contó por mail que, hace unos meses, cuando fue a comer a La Alameda con la familia, le escribió una servilleta a su papá, y la pegó en una pared. Ni bien el hombre llegó al aeropuerto subió a un taxi, y le indicó la primera cuadra de Obispo Trejo. Llegó, explicó la historia y todos se pusieron a buscar. Por eso todos lloraron al encontrar la servilleta, que el hombre guardó en el bolsillo interno de su saco, pegado al corazón.

Por La Alameda pasaron los compañeros, las novias, la familia, los amigos. Personajes imposibles y solitarios. Grupos desaforados por arrancar una zamba. Casamientos, seducciones, divorcios, muertes. Penas que se mitigaban un poco con el afecto de la gente más cercana sentada en esos tablones. Con vino de la casa y soda.

Las crisis suelen reventar bolsillos, pero casi nunca esa pérdida se mide sólo en cifras. Eso es algo que ningún gobernante aprende. Ni nosotros, que sólo nos damos cuenta cuando eso ya no está.

La ausencia de Tatú, Edith, Dani, Ariel o Silvia será la prueba más contundente de que los costos de las crisis no tienen precio.

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